Esta semana he comprendido que la importancia de lo que hacemos reside en nuestra capacidad de alcanzar al otro y, aunque sea mínimamente, alegrar su vida de alguna manera.
Transmitir y generar ilusión.
Despertar emociones.
Arrastrar hacia la felicidad.
Erizar la piel por medio de la expresión más íntima de lo que solos, por medio del arte.
Empatizar, aún en la distancia, aún entre desconocidos.
Tender una mano en forma de palabras, de acciones, de ánimos, de ideas. De experiencias.
Transferir lo que siento a través de mi elemento, a través de un papel, de un grafito y unas letras.
Si con esto que yo hago movilizo de alguna manera a otra persona para iniciar el cambio, ya habrá merecido la pena saltarme todas mis barreras y alarmas y exponerme. Habrá merecido la pena todo el esfuerzo y el sacrificio, las experiencias vividas, saltarme mi vergüenza y mis reparos. Cuanto más te apasiona, más corazón aplicas y, por tanto te vuelves vulnerable, pero no frágil.

Siempre me ha gustado la idea de dispersar “semillas” que puedan brotar un día en otra persona y ayudarla a florecer, igual que en algún momento otras personas han hecho conmigo.
Siempre que alguien transforma mi vida y soy consciente de ello tiendo a agradecérselo de manera recurrente (aunque trato de contenerme por no ser pesada).
Y hoy siento la necesidad de agradecer también a aquellas personas que alguna vez me han escrito y transmitido cuanto ha influido alguna de mis “creaciones” en su vida o en ese momento concreto. Porque eso da sentido a mi existencia y responde a la duda del para qué sirve lo que hago.
Nada me gustaría más que otros sintieran lo que yo cuando dibujo o escribo. Es mi esencia. Porque mi cuerpo vibra como cuando te enamoras.
Ojalá encuentres aquello que te quite el sueño porque despierta tu ilusión.
Palabras sin filtro, sin edición. Pero, qué más da. Hoy es lo que siento.
#LuzíaSonríe
