Luzía Sonríe...

Si las pulgas hablaran, picarían menos.

Una cicatriz por tatuaje.

Pensaba hacer nada en la playa, pero la vida tenia otros planes para mí aquel día.

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Lo que escribo

Un día te levantas y la vida te cambia drásticamente, sin esperarlo. Eso nunca se planea. Mi día, en concreto, era el primero de mis vacaciones, después del último examen de cuarto de biología en convocatoria de septiembre, cuando aún existía. Han pasado unos cuantos años ya…

Esa mañana no sonó el despertador, pero aún así mis ojos madrugaron como de costumbre, por lo que planeé limpiar un poco la casa antes de bajarme a la playa a leer. Ese día pensaba hacer NADA. Nada de nada. Sol, baño, libro. En bucle. Sin embargo, esa ensaladera azul de cristal fino del Ikea, la que usaba a modo de jarrón, me tenía planeada una experiencia inolvidable con todo incluido: traslado en ambulancia, mimos en el quirófano y habitación de hospital. ¡Individual y con ventana!, que no es poco. 

Aún siento atragantado ese grito que quedó ahogado en mi garganta. El que nunca llegó a salir. Y la adrenalina recorriéndome el cuerpo mientras en mi cerebro se grababa el sonido nítido y fluido de un líquido al compás que marcaba el ritmo de mi corazón. Lo más primitivo de mí actuó hasta encontrar la ayuda de un vecino que creo ya no he vuelto a ver. O quizá sí, no lo sé. Solo recuerdo sus gafas de sol, el pánico en su voz y la firmeza con la que me agarró el antebrazo para frenar la hemorragia. Curioso inicio del día.

Creo que mi vida jamás corrió peligro, pero en los primeros instantes, cuando fui consciente de lo ocurrido, en mi cerebro apareció un rotulo en letras neón “¡esto es todo amigos, hasta aquí hemos llegado!”. Recuerdo mirar la herida y sentir cierta curiosidad que, rápidamente, mi instinto de supervivencia se encargó de eliminar. Sentí miedo. Mucho miedo. Y después una sensación de gratitud que hoy día sigo manteniendo y cultivando. Aquello caló profundo, como es de esperar, y me brindó la oportunidad de cambiar el transcurso de mis días y de valorarlos desde una perspectiva más fugaz, más real, más natural.

Soy una chica con suerte y con un meñique medio insensible y de movilidad reducida que siente frío cuando me quemo el lateral de la palma y me arde cuando me paso un cubito de hielo, pero con la suficiente movilidad para desplazarse por el piano a su ritmo, con sus manías y su propia selección de notas. ¡Bastante hace para medio nervio que le queda!

Llevaba tiempo sin notar la tirantez de las cicatrices internas de todos los tejidos que el cirujano, con mucho acierto y delicadeza, remendó en su día. Pero, cada vez que ocurre necesito tomarme mi tiempo para reflexionar sobre el transcurso de mis días, sobre mi actitud, sobre mi forma de afrontar la vida. Ya no me guardo las palabras ni pospongo los te quiero, no retraso las conversaciones incómodas, ni me reprimo una sonrisa. Ya no me guardo nada, ni las lágrimas, ni la alegría, ni me niego la tristeza si así viene. Simplemente, acepto los días como son, los medito y los transformo, como aquel caprichoso día hizo la vida conmigo.

Laura Sánchez