Esa piel que se eriza tras la fugacidad de un solo pensamiento descontrolado, una emoción que te agita y recorre, te vibra al contacto con el sonido del piano mecido entre tus dedos.
No hay ríos sin lluvia, sin lágrimas recorriendo unas mejillas pálidas, resecas de vida, pero a las que le pueden las ganas de brotar en un sinfín de amapolas.

El suave invierno al teclado empaña tus notas con la brisa de un amanecer nublado. Desnudas tu alma con los pies hundidos en el barro, mientras saboreas el escaso calor del sol sobre tu ropa olvidada. Y tú, con calma del confiado, continúas sumergiéndote en la turbidez de unas aguas que pronto te arrastrarán a un mar cristalino. Ahí es donde volverás a dejarte llevar.
Luzía Sonríe…
LUDOVICO EINAUDI
CANZONE AFRICANA IV
