13.2.2022
Ya son 37 años de vida. Nada. Mucho. Hace unos días pensaba en “sentar la cabeza” en hacerme mayor y ajustarme a la edad que ya voy teniendo. Y sí, tengo marido, una hija, un trabajo, una casa y un coche, pero sigo sintiéndome una niña, arropada por sus padres. Esa sensación sigue gustándome, cada vez más.
Sé que se aproxima un texto largo que pocos leerán con atención y ganas, es normal. Pero hoy no va de lo que le apetezca leer a nadie, sino de lo que me apetezca escribir a mí, sin rodeos ni censura.
Y después de varios días dándole vueltas a mis años, me di cuenta que jamás quisieras dejar de sentirme así, niña, no infantil, sino niña. La vida te da las experiencias necesarias para hacerte madurar y crecer y afrontar lo que viene de la mejor manera posible en cada momento. Cada uno hace lo que puede y aprende como y cuanto puede. Y ahora, con estos 37 rozando los 40, siento que aprender y madurar ha sido parte de mi crecimiento, sobre todo en estos últimos años. Empiezo a ser la mujer que quiero ser, tal cual, sin más.
Sí, yo también me reinventé un día, como muchas personas. Empecé a hacer las cosas de otro modo, a ir por otros caminos y adentrarme en lo desconocido. Fui valiente y me arriesgué. Y fue la peor etapa de mi vida. Un cúmulo d circunstancias de las que aprendí a valorar lo que ya tenía de serie, lo que venía en mí sin más, sin tener que forzarlo. Con el tiempo me di cuenta que esa “valentía” era más bien desesperación por encontrar mi lugar en la vida, por aprender a mirarme con orgullo y realidad, no con la impaciencia de crecer y sentirme reconocida, de sentirme vista. Era yo la que no era capaz de mirarse a sí misma, por vergüenza, prejuicios, miedo e inseguridades. Y comprendí que el reconocimiento que necesitaba jamás lo encontraría fuera. Así que cuando ya nada funcionaba no me quedó otra que emprender el camino de vuelta a casa, al hogar en mí.
Volver a habitarme.
Volver a mis orígenes, lo que era de forma natural. Reencontrarme con mis aficiones, mis modos de vivir y sentir, de experimentar la vida sin reproches. No significa que me debiera conformar con lo que me venía de serie al nacer, pero sí sacarle el máximo rendimiento a lo bueno que traía en mí y en eso estoy, en jugar a ser yo, sin más.
Tal cual.
Y es ahora a los 37 que me siento orgullosa de haberme reencontrado, de haber vuelto a mis orígenes, a mi personalidad y mis gustos. Soy así, pero no por ello dejo de crearme día a día, de aprender y tratar de sentirme mejor conmigo y con el mundo que me rodea, con las personas que aprecio y quiero. Y para estar en paz conmigo he aprendido a decir que sí y, sobre todo, a decir que no, a poner límites y a aceptar que a veces hay cosas para las que no es el momento, a pesar de que esto ha generado reticencias, malestar, lejanía en algunas personas.
He aprendido a estar y a ser. Más bien, estoy aprendiendo a… porque no siempre acierto, no siempre “estoy” cuando debería ni como me gustaría. Hago lo que puedo, pero me gustaría saber hacer más, la verdad.
Adaptarme siempre se me ha dado bien, hasta tal punto que a veces ha sido nocivo, me ha hecho aceptar una prisión sin rejas, unas limitaciones impuestas por el tiempo y el hábito. Sin embargo, los años me han regalado la capacidad de detectar aquello que apaga mi chispa, que me aleja de la ilusión. Vivir con pasión, ante cualquier circunstancia, vivir el miedo, porque está presente en mí, de una manera sincera, como parte de la vida. Vivir con paciencia y amor, aprender a escuchar con atención. Esto dejé de hacerlo y me apena.
En estos años, partir de mis orígenes me ha permitido sentirme como en casa, ver con la perspectiva del que se siente seguro, acobijado, como en brazos de mamá cuando eres un bebé, qué maravillosa sensación de seguridad y plenitud. Ahí es donde estoy, en los brazos de la mujer que soy, de la persona en la que me he reconvertido, desde mis cimientos. Deconstruir lo que se había torcido, para rehacerlo con seguridad.
No hay nada como la sensación de paz que uno siente cuando sabe que está dando todo lo mejor de sí mismo, aquí y ahora, aceptado las inclemencias del tiempo, aprovechando cada oportunidad, trabajando, permitiendo el descanso y el error como parte del proceso. Y aún cuando es agotador, esa satisfacción que te da hace que quieras seguir creciendo, caminando por ese sendero de tranquilidad interior, agitada por emociones que vienen y van.
A mis 37 siento la ilusión de una niña y la seguridad de una mujer con la claridad que te dan las experiencias, los golpes y vicisitudes de la vida. Tiempos mejores y peores están por llegar, días duros y amargos, días que temo, mucho. Y otros que me sorprenderán sin medida.
A pesar de las circunstancias, estoy en el mejor momento de mi vida, conmigo misma, es el momento de crear, de disfrutar, de reír y llorar. Será mi año, para bien o para mal, sin temer a envejecer, porque aún cuando la tendencia natural no se pueda frenar, mi espíritu sigue siendo el de esa niña que juega desde la inocencia a curar animales, que hace periódicos y colecciona música, que pinta y dibuja sin miedo, que experimenta la naturaleza con barro hasta las orejas. Esa niña curiosa que baila y canta, esa niña con un mundo interior profundo y mucho carácter, cabezona sin medida, visceral en algunos momentos. He vuelto a ese camino aunque con la madurez de los años, desde la empatía y el trabajo emocional. Tengo mucho camino por recorrer y crecer, pero estoy orgullosa de haber vuelto a mis orígenes, sin mas.
